El sabor del mar
Estamos jugando con las olas como niños y de repente me susurra las únicas palabras que no quería oír. Te quiero. Su cálido aliento en mi oreja no dura más de tres segundos. Son suficientes. En silencio, me zambullo en el agua y abro los ojos para orientarme. La sal penetra de lleno en mis retinas, haciendo que me escuezan. Buceo unos metros lejos de él y cuando saco la cabeza del agua lo veo en el mismo sitio donde lo he dejado, inmóvil. Su rostro es difícil de descifrar, no sé como le ha sentado mi huida pero no me importa. Con dificultad, muevo mis piernas hasta la arena con la intención de dirigirme a recoger mi toalla y mi mochila para irme de aquí. No llego. Algo me lanza al agua de nuevo. Más bien alguien. Me hace falta un momento para despertar del shock inicial y darme cuenta de que es él quien está encima de mi. Sus manos rodean mi cuello y muevo las manos con ansiedad. No sirve de nada. A los pocos segundos lo veo todo negro y no puedo abrir los ojos porque me queman. En un...