La mochila azul
Ahí estamos, creando traumitas desde bien pequeño. Creándolos y colocándolos uno a uno en mi mochilita azul del colegio que llevaba en la espalda cada día. Estaban entre la agenda y mi botella de agua. Cuando la mochilita azul se quedó pequeña, mamá me compró una más grande donde me cabían todos los libros de las nuevas asignaturas. Al mover la botella de agua de una a otra, no me olvidé de los traumitas, ahí tenían más espacio. No duró mucho su comodidad porque siendo un poco más mayor creé traumas, sin el diminutivo. Estos también fueron en la mochila bien colocados con sus hermanos mayores, aunque acabaron siendo más altos que ellos. Para cuando empecé el instituto, la mochila de los últimos 5 años ya estaba destrozada y fue papá el que me acompañó a comprar otra. De ruedas no, “eso es de mariquitas”. Si él hubiera entendido cuánto me dolía la espalda... La nueva mochila era muy chula y todos mis amigos de clase la tocaron y la admiraron con los ojos bien abiertos. Ninguno abrió la cremallera y miró dentro, menos mal, no quería que vieran todos mis traumas apilados y me llamasen raro. Solo quería seguir teniendo amigos y ellos no tenían traumas, ya les había mirado la mochila a todos para comprobarlo. Cuando llegó la universidad, tuve que meter mis cosas en una maleta para irme a vivir a la residencia y acabé comprándome una segunda porque los traumas entonces ocupaban muchísimo y si los ponía con todo lo demás, el pijama de invierno no cabía. Al principio, para las clases de cálculo y álgebra no me llevé ninguna mochila, con el maletín del portátil me servía. No me dolía la espalda, creo que era la primera vez en mucho tiempo. No me acabé de acostumbrar y al final, me llevaba la mochila siempre. Sin ella no era yo mismo. Me gradué con la mochila, me puse a la cola del paro con la mochila, encontré trabajó con la mochila y me independicé con las maletas, y la mochila. Nunca supe qué hacer con tantos traumas y traumitas, tampoco sabía que hacer sin ellos.
No sé que es vivir con la mente vacía y una parte de prefiere no saberlo, porque lo desconocido me da pánico y dejar de pensar todo el rato en lo poco que valgo no está en mis planes de vida.
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